Dios es un Padre providente, todo lo ha previsto desde la eternidad. En nosotros mismos, en nuestra historia de vida personal, Dios todo lo ha dispuesto para nuestra salvación, no nos olvidemos que es nuestro Padre.
Prueba de su paternidad y sabiduría providente es María Santísima, ella misma es un misterio de amor. Desde toda la eternidad Dios la tenía destinada a ser su Madre, el cielo desde siempre estuvo abierto de par en par a su presencia. Somos hijos de María, consideremos su misterio para provecho espiritual de todos.
Dios no deja las cosas al acaso, no nos creó para dejarnos a la deriva, al contrario, al crear al hombre le hizo un Cielo y todo lo que corresponde al mundo espiritual –Redención, gracia, sacramentos, etc.- son los medios para alcanzarlo.
El Altísimo a todos nos prepara y ofrece su gracia, pero sólo resultará eficaz para algunos, otros –culpablemente- la rechazarán. El Señor quiere la salvación de todos los hombres, pero permite que algunos, por culpa voluntaria de ellos, queden excluidos de la salvación.
Se hace presente nuestro “gran problema”: ¿Qué será de nosotros? Por boca de los ángeles se nos ha enseñado: “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). Paz a los cristianos, aquellos que tienen buena voluntad, aquellos que usan de su libertad en forma auténtica: una herramienta para, voluntariamente, obrar conforme al querer del Creador. Aquellos de “buena voluntad” tienen su sendero en manos de Dios que es Padre: “Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos…” (Mt 7,11); que es Bueno: la creación entera la ha dejado al servicio del hombre… un cielo eterno que lo espera… y su Hijo que se encarna y muere en la cruz para que todos podamos recibir su gracia, su don, para que podamos ser hijos en el Hijo.
Dios todo lo hace bien, es magnánimo en sus obras. Hagamos el bien para obrar en comunión con nuestro Padre, que nuestra libertad sea auténtica para que su proyecto de amor se realice en forma plena en nosotros. Que consuelo es María, la mujer más auténtica, libre de pecado, perfecta en todo aspecto, eternamente presente en la mente divina. Dios quería una Madre, la inquietud amorosa de Dios no podía disimular este misterio de amor:
La Revelación –emisora de Dios- desde el principio envió su mensaje: María triunfante del demonio (Gén 3,15)… una madre que es virgen (Is 7,14)… misterio que se realizó en la plenitud de los tiempos (Gál 4,4)
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La Iglesia – esposa del Hijo de María- ratifica esta verdad: “El Dios inefable…eligió y ordenó desde el principio y antes de los siglos, para su Hijo Unigénito una Madre…” (Ineffabilis Deus, Pío IX).
“O feliz culpa que nos trajo tal Redentor”… y la Madre más excelente. Dios en la procura de la Salvación del género humano, pensaba en su Verbo hecho carne y en su Madre, doncella que recibiría esta gracia como don gratuito del Padre providente.
La maternidad de María supera toda maternidad natural como el cielo a la tierra. “María roza las playas de la divinidad”, no es diosa, pero es la criatura –entre lo visible e invisible- que vive en la máxima intimidad con Dios. Es la “Repleta de gracia” (Lc 1,28). Dios la colmó de su gracia para que sea toda hermosa y perfecta… ¡Para ser Madre de Dios!
Pero, María viviendo en santidad, haciendo uso de su libertad de modo perfectísimo, se iba preparando para ser la Madre de Dios. Teniendo de antemano el plan que Dios había proyectado en ella desde la eternidad, María agradó al Señor – en pureza, en santidad…- fue la más apta para tan grande don. Su vida, que era un holocausto agradable a la divinidad, aceleró el nacimiento del Verbo en sus entrañas.
Dios Trino recoge para María las más hermosas “flores” de los privilegios de la gracia, es la hija predilecta, templo del Espíritu, Madre del Verbo hecho carne. María fue formada para la gracia de Dios. El Creador no abandonaría a María a la corrupción, le aguardaba su trono en el Cielo como Reina de todo lo creado por ser Madre del Rey Jesucristo.
En ella hay plenitud de gracia, su excelencia sobre ángeles y santos lo corrobora, las palabras del ángel en la anunciación nos lo manifiestan: Ella es la “kejaritomene” (plena de gracia).
María, siendo llena de gracia iba creciendo en un dinamismo espiritual, iba mereciendo, colaborando con Dios haciendo que la gracia sea semilla fecunda en su alma y se hizo digna, mereció la gloria.
Ante María, ante este misterio de amor nos es difícil volver los ojos a nuestras vidas, muchas veces tan mediocres, tan olvidadas de las verdades cristianas. María nos ilumina el camino a la eternidad.
María es Madre, Cristo es el Primogénito de muchos, de aquellos que mediante el baño del bautismo formarían parte de su Cuerpo Místico que es la Iglesia de la cual Él es Cabeza.
Dios pensó eternamente en María como Madre de Dios y pensó en nosotros como hijos de María. El Todopoderoso nos cuida de manera maravillosa, nos procura una Madre a la cual le podamos ser fieles.
Que locura sería apartarnos del plan divino. Nuestra Madre es la distribuidora de los tesoros eternos, esa ha sido la voluntad de Dios. Al rechazar a la Madre corremos el riesgo de eterna perdición. Nuestra vida no es un juego, no sabemos el día ni la hora de nuestra partida pero tenemos certeza de que estaremos ante la presencia del Juez Justo que nos juzgará sobre el amor: “¿Amaste?, ¿a Mi, Dios verdadero?, ¿a tu prójimo?, ¿a la Iglesia?, ¿a mi Madre que te la di por Madre?”
La voluntad de Dios se cumplió en María, hagamos que el querer divino se cumpla en todos. Di a aquel que pasa junto a ti: “¿Sabes que Dios desde toda la eternidad, te dio una Madre?” El ser hijos de María se vuelve aliento para el que sufre, confianza para el arrepentido, alegría para el justo, aguijón para tu deber apostólico.
María ya está en el cielo, no temamos, Ella nos espera, Dios no querrá separar los hijos de su Madre, pero tú, no te separes. Ámala mucho, como a tierna Madre, con todo tu corazón, así lo quiere Dios, conságrate a Ella todos los días y alégrate porque María fue creada para el Cielo, lo mismo que tú.
Mas María fue cera blanda en las manos del Altísimo: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1,38). María creció en su vínculo con Dios, se hizo flor hermosa. Ella inunda los siglos con su aroma. Imítala, porque “Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín). Hazte digno de la bondad de Dios.
Dios es providente, pensó en una mujer, María y la hizo Madre suya y de todos los hombres, Reina de los cielos y tierra. Pensó también en nosotros, ¿Cuál fue su pensamiento? que seas un hijo fiel de María, que no rechaces la amistad de su Hijo… pensó en hacerte feliz eternamente…porque Él es Dios.