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NOVENA DE LA CONFIANZA.
Doctrina:
SOBRE EL CONCURSO: ¿Qué concilio definió la virginidad de María? ¿En qué año?
HOY SEGUIMOS HABLANDO DE LA MATERNIDAD DE MARIA. Un mediador es como un puente que une las orillas de un río, sólo que en este otro caso el puente está tendido entre el cielo y la tierra. Así como nosotros no podemos tocar el techo sin la ayuda de una escalera, tampoco podría el hombre pecador llegar a Dios sin la ayuda de Uno que es Dios y hombre al mismo tiempo, Jesucristo. Como hombre, puede intervenir en nuestro nombre y cargar con nuestros pecados; como Dios, todas sus palabras, milagros y muerte tienen un valor infinito, y puede, por eso, recuperar más de lo que hemos perdido. Dios se hizo hombre sin dejar de ser ni Dios ni hombre, y por eso es nuestro mediador, nuestro Salvador y nuestro Divino Señor. Hablemos ahora de María, la Mediadora entre Cristo y nosotros. Estudiando la vida de Jesús, viendo que fue el primer evadido huyendo de la persecución de un gobierno cruel, que trabajó como carpintero, que enseñó y nos redimió, sabemos que todo esto comenzó al tomar la naturaleza humana y convertirse en un hombre. Si Jesucristo no hubiese sido hombre, no habrían oído los hombres el sermón de la montaña, ni perdonar a los que habían traspasado sus manos y sus pies al clavarlo en la cruz. La Virgen María fue quien dio a Nuestro Señor la naturaleza humana. El Señor le pidió a la Virgen que le diese una vida humana, que le diese manos con las que bendecir a los niños, pies con los que andar en busca de las ovejas extraviadas, ojos con los que llorar a los amigos muertos, y un cuerpo, en fin, con el que sufrir para podernos proporcionar una resurrección en libertad y amor. A través de Ella, se hizo Él puente entre lo divino y lo humano. Sin Ella, o Dios no sería hombre, o el nacido de Ella sería hombre y no Dios. ¡Sin Ella, no tendríamos en modo alguno a Nuestro Señor! Si alguien tiene una caja fuerte con mucho dinero, sabe que hay que guardar con mucha atención a la llave. No es que crea que la llave sea el dinero que guarda en la caja, pero sabe que sin la llave no puede sacar el dinero. Pues bien, la Virgen es como esa llave. Sin Ella, no podríamos tener al Señor, porque Él nos vino mediante Ella. La Virgen no ha de compararse con el Señor, pues es una criatura, y Él, en cambio, el Creador. Pero sin la Virgen no podríamos llegar al Señor. He ahí la razón por la que debamos prestar tanta atención a la Virgen María; sin Ella, nunca podríamos imaginar cómo pudo tenderse un puente entre el cielo y la tierra. Se podría objetar: “Me basta con el Señor, no tengo necesidad de la Virgen”.
En el Viernes que los hombres llamamos Santo, cuando el Señor fue levantado en la cruz como bandera de nuestra salvación, miró a las dos criaturas que más apreciaba en la tierra: a su Madre y a San Juan, su discípulo predilecto. En la noche anterior, durante la Última Cena, nos había legado, como última voluntad, lo que ningún hombre ha podido dejar a sus herederos, es decir, a Sí mismo en la Sagrada Eucaristía. De esa forma estaría con nosotros –como Él dijo- “siempre, hasta la consumación de los siglos”. En las oscuras sombras del Calvario, aun añadió el Señor un artículo a su testamento. Allí, bajo la cruz, pero no postrada, sino de pie, como observa el Evangelio, estaba su Madre.
Mirando una imagen de una madre con su hijito, no puede uno separar a la madre y pretender conservar al hijo. NO SEPAREMOS A MARÍA DE SU HIJO JESÚS. Si tocamos a la Madre, estropeamos al Hijo. Todas las religiones del mundo, con excepción del Cristianismo, se pierden entre mitos y leyendas. Cristo se aparta de todas las deidades del paganismo precisamente por estar vinculado a la Mujer y a la historia. “Nació de la Virgen María, padeció bajo Poncio Pilatos”, dice el Credo de nuestra fe. La Virgen no nos impide honrar al Señor. Nada más cruel para Ella que decir que enajena las almas de Cristo. Eso equivaldría a afirmar que el Señor se escogió una Madre egoísta. Por mi parte, puedo decirles que si la Virgen me alejase de su Hijo, tendría que renegar de Ella. Si alguno de ustedes, auditores de Radio María, nos invitara a su casa y nosotros no quisiéramos cruzar ninguna palabra con su mamá, ¿Qué pensarían de nosotros? ¿Pensarían que nosotros los apreciamos de verdad? ¿Y que les parece que puede sentir nuestro Señor de quienes nunca tienen atención alguna para con su Madre? ¿No ha sido lo bastante buena con nosotros la Madre de Jesús? Pensemos que si el Señor no la hubiese elegido, no hubiésemos tenido a Nuestro Divino Salvador. ¡Qué feliz me sentiría si en el día del juicio me felicitara el Señor por haber amado muchísimo a su Santísima Madre! Nuestro amor no tiene principio en María, y por eso no termina en María. La Virgen es la ventana a través de la cual tiene nuestra humanidad una primera visión de la divinidad en la tierra. Tal vez sea Ella como una lente de aumento que intensifica nuestro amor para con su Hijo y hace más ardientes y vivas nuestras plegarias. Dios hizo el sol, pero también la luna.
En las noches oscuras nos alegra ver aparecer la luna y su brillo nos dice que existe el sol. Así, en la noche oscura de la vida, cuando los hombres vuelven la espalda al Señor, que es la luz del mundo, miramos a María para guiar nuestros pasos mientras no nos llega el alba.
PROXIMO PROGRAMA HABLAREMOS DEL TEMA: MARIA, INTERCEDE POR NOSOTROS ANTE JESUS. Lo hacemos pensando en el Mes de María..
Desde nuestro programa nos gustaría que pudiéramos hacer el siguiente experimento. ¿A quiénes le pedimos que hagan este experimento?
Mueren soldados en el campo de batalla; muchos de ellos gritan en su último momento de desesperación: “¡Madre mía, quiero ver a mi madre!”. El mayor soldado de todos los tiempos, hallándose moribundo en el campo de batalla del Calvario, también pensó en su Madre. Allí, nos dio una prueba superior de amor al darnos a su Madre: “He ahí a tu madre”. Que cada uno de nosotros pueda gritar a nuestra Madre Celestial en estos días de tanta violencia, de problemas económicos, etc., cuando han fallado todos los resortes humanos: “Madre de mi Señor Jesucristo, te quiero. Intercede con tu Divino Hijo por mí, por mi familia, por la paz del mundo”. ¡Por el amor de Jesús!
HAGAMOS LA ORACION FINAL DE NUESTRO PROGRAMA: Unidos espiritualmente en el Oratorio, con mis hermanos, quiero decirte Madre, Patrona y Reina mía, que yo confío en Ti; confío de todo corazón que Tú me ayudarás a salir adelante, desde mi Oratorio. Te entrego mi alma, mi vida y mi cuerpo; yo paso a ser cosa y posesión tuya; soy tu operario, por medio de quien Tú puedes transoperar en el mundo y en la Iglesia. Por eso mis ojos son tuyos, mis labios, mis manos son tuyas; mi inteligencia, mi voluntad y mi corazón; toda mi vida es tu propiedad. Guárdame y defiéndeme del peligro y de la masa. Madre mía, úneme a Jesús, que es el único Salvador, ya que sin El nada podemos hacer para alcanzar nuestra meta. Ayúdame, junto a mis hermanos, a cumplir lo que Dios quiere. Amén.
LES BENDIGA, A USTEDES, SUS FAMILIAS Y SUS SERES QUERIDOS, EL DIOS TODOPODEROSO Y BUENO, PADRE, HIJO Y ESPIRITU SANTO. AMÉN. |
ORATORIO MARIANO MADRE DEL PUEBLO |