Oración inicial: 

  • oración mariana de San Bernardo: “Mira la Estrella”

...sobre la necesidad de acudir a la Stma. Virgen:

-Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: invoca a María!.
  
Si te golpean las olas de la soberbia, de la maledicencia, de la envidia, mira a la estella, invoca a María!

Si la cólera, la avaricia, la sensualidad de tus sentidos quieren hundir la barca de tu espíritu, que tus ojos vayan a esa estrella: invoca a María!

Si ante el recuerdo desconsolador de tus muchos pecados y de la severidad de Dios, te sientes ir hacia el abismo del desaliento o de la desesperación, lánzale una mirada a la estrella, e invoca a la Madre de Dios.

En medio de tus peligros, de tus angustia, de tus dudas, piensa en María, invoca a María!

El pensar en Ella y el invocarla, sean dos cosas que no se parten nunca ni de tu corazón ni de tus labios. Y para estar más seguro de su protección no te olvides de imitar sus ejemplos. Siguiéndola no te pierdes en el camino!

¡Implorándola no te desesperarás!  ¡Pensando en Ella no te descarriarás!

Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir.  Bajo su manto nada hay que temer.

¡Bajo su guía no habrá cansancio, y con su favor llegarás felizmente al Puerto de la Patria Celestial!  Amén!!

  • Invitación a todos juntos rezar el Ave María.

 

Doctrina:

  • Explicación  frase “De Maria Numquam satis”.San Bernardo.
  • Presentación de los conductores: P. José Miguel Curutchet, sacerdote del Oratorio Mariano y Hno. Andrés Vega, Hermano del Oratorio Mariano.
  • Presentación a la línea del programa:
    • Hablar de la Virgen María, meditar sobre Ella en base a la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae del papa Juan Pablo II.

 

  • DE MARIA NUNCA SE DIRÁ LO SUFICIENTE” parece ser una prolongación de las hermosas palabras bíblicas que nos trae san Lucas en el Magnificat: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.”

Como de María nunca se va a hablar lo suficiente, siempre habrá algo nuevo que decir. El Magnificat nos anima, como un acto de obediencia al Dios Eterno. Por lo mismo, hablar de María es una forma de Doxología, una manera de dar gloria a Dios.

 

  • Hacer teología con María.

María aparece como la clave de la teología, porque nos revela la esencia misma de la teología.

¿Qué es teología? El estudio de Dios, hecho desde la Revelación y el Magisterio. Pero, no se trata de una ciencia abstracta de Dios. Se trata del conocimiento de Dios Salvador, en su relación con los hombres.

Es el conocimiento del Dios Encarnado, crucificado por amor a nosotros y resucitado. Justamente, la primera relación fundamental que Dios, en Cristo, establece con los hombres, comienza por María. Ella, como Madre y Compañera, nos relata la vida de Jesús, que conoció como nunca nadie pudo conocer.
 
En este sentido es que el papa Juan Pablo II, hablará en su Carta Apostólica “Rosarium Virginis Marie”, en el N° 14:

“Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? ...  entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje....”

Siempre que se trata de un tema determinado, nos surge inmediatamente la idea de buscar un especialista. En el campo de la medicina, los especialistas son imprescindibles. Es tanto lo que ha avanzado la ciencia, que es imposible que cualquier médico pueda adentrarse en todos los campos del cuerpo humano. Hay que especializarse. Es una realidad de prácticamente de todas las profesiones.

Si esto lo llevamos al plano de la fe, hay un solo Maestro y ese es Jesucristo, Dios verdadero, hecho Hombre. Si la Revelación es quitar el velo, para que el hombre pueda conocer a Dios, se necesita que sea el mismo Dios, el que quite el velo y se muestre. El ser humano no puede conocer este misterio de Dios si Éste no se de a conocer.

Dios ha escogido el camino de enviar a su propio Hijo Jesucristo, para hacerse hombre y así enseñarnos quién es Dios y quién es el ser humano.

La manera de hacerse hombre es eligiéndose una Madre humana, que es la que le da la “humanidad”. Por eso, Ella es necesariamente quien mejor le conoce, como Madre de su Hijo divino. Es la forma en que Dios ha querido quitar el “velo” y manifestarse como “Emmanuel” a los hombres.

En las Bodas de Cana ocurre algo muy importante.  María habla también como “maestra”, como una educadora. Y ¿qué es lo que nos enseña? Algo muy sencillo y claro: “Hagan lo que mi Hijo les diga .  Lo dice con “autoridad moral”, porque Ella misma lo ha practicado toda su vida, especialmente con su Sí en la Anunciación.

 

 

  • ¿Quién es María?

Es una mujer elegida desde la eternidad para ser la Madre de Dios.

    • En efecto, podríamos preguntarnos, ¿quién se ha elegido a su propia mamá? Nadie. Sólo Cristo.
    • Incluso podemos ir más lejos y ponernos en una hipótesis irreal, ¿si pudiéramos elegir a nuestra mamá, elegiríamos a la nuestra? La respuesta más segura es un gran “sí”.
    • Pero, también, lo más seguro, es que le regalaríamos lo más grande y lo más bello que un hijo puede regalarle a su madre.
    • Eso es justamente lo que ha hecho Cristo por su Madre. La hizo bellísima, desde su concepción, dándole la gracia de ser Inmaculada, sin pecado, para que nunca el pecado pudiera tocarla. La hizo siempre Virgen, tanto, que ni siquiera en su parto la perdió. Por último, no permitió que su cuerpo sufriera la corrupción de la muerte, y la llevó Asunta al Cielo.

Y, María, ¿cómo respondió María a tanta gracia? Ella fue la fiel discípula que simplemente creyó en la Voluntad de Dios y la siguió heroicamente. Se acostumbró a decir siempre “sí”, a toda insinuación que viniera de Dios. Por eso no nos extraña que en la Anunciación exprese su modelo personal de vida: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

En el texto de la Anunciación del Señor, María es descrita con tres nombres, que sin duda “desvelan” su personalidad. El primero es el que le dieron sus padres, “María”; el segundo nombre se lo da el Ángel (de parte de Dios mismo), “Llena de gracia”; y el tercero es el que se da a sí misma, “Esclava del Señor”.  Ahora sí podemos comprender mejor las palabras anteriores.

 

Dejemos que el mismo Magisterio de la Iglesia nos ilumine sobre esta mirada general a la Virgen María:

"Pero, sobre todo; como María en la Anunciación, aceptando incondicionalmente la Palabra de Dios (Cfr. Lc 1, 26ss); en la Visitación, sirviendo y anunciando la presencia del Señor (Cfr. Lc.2,39-45); en el Magnificat, cantando proféticamente la libertad de los hijos de Dios y el cumplimiento de la promesa (Cfr. Lc 2,46ss), en la Natividad, dando a luz al Verbo de Dios y ofreciendo a la adoración de todos los que lo buscan, sean sencillos pastores o sabios venidos de tierras extrañas (Cfr. Lc 2,1-8); en la huida a Egipto, aceptando las consecuencias de la sospecha y de la persecución de que es objeto el Hijo de Dios (Cfr. Mt 2,13-15); ante el comportamiento misterioso y adorable del Señor, guardando todo en su corazón (Cfr. Lc 2,52); en una presencia atenta alas necesidades de los hombres, provocando el "sigo mesiánico", propiciando la fiesta (Cfr, Jn 2,1-11): en la cruz, fuerte, fiel y abierta a la acogida maternal universal; en la espera, ardiente con toda la Iglesia, de la plenitud del Espíritu (Cfr. Hch 1-2); en la Asunción, celebrada en la Liturgia por la Mujer, símbolo de la Iglesia del Apocalipsis   (Cfr. Ap 12)."

 

Sin duda, el CV II ha sido una experiencia totalmente marcante en el desarrollo de la historia de la Iglesia. Es tan fuerte su influencia en la vida religiosa, que, sólo mirando números, podemos afirmar que casi todas las Congregaciones religiosas cuyos fundadores no conocieron el Concilio, han

Siempre hay gente que teme hablar de María:

  • P.e.,  los que dicen que nosotros los católicos adoramos a María:  ¿Qué les diremos?  Que es MENTIRA.
    • Veneramos a María
    • Porque es la Madre de Dios y Madre nuestra

 

  • Es impresionante constatar que muchos programas de cursos teológicos sobre María son para enseñar lo que María no es, en vez de hablar de Ella misma. Aparece una cierta incomodidad de hablar o enseñar sobre María.
  • Es muy importante lo que ocurrió en el Concilio Vaticano II.  Los Padres del Concilio tomaron la decisión de integrar en la constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium el texto conciliar que se refiere a María. El capítulo octavo está enteramente consagrado a María en su relación con el misterio de Cristo y de la Iglesia.

 

  • VAMOS A RESPONDER ALGUNAS LLAMADAS:
  • Sra. Modesta de Maipú: nos pregunta sobre las mujeres del mundo, ¿Quién ha sufrido más?
    • Sin duda, podemos llevar nuestra mirada a la cruz (Jn. 19, 25-27) y vemos el sufrimiento de María. Fue una muerte mística, anunciada por el anciano Simeón.
  • Sra. Marisol,  nos llama para que recalquemos de que no hay que tener miedo a invocar a la Virgen.
    • Podemos poder el ejemplo de que si nosotros convidamos a María a nuestra casa, siempre tenemos que poner dos puestos, porque Ella viene con su Hijo Jesús.
  • Sra. Matilde, de la Florida. Nos pregunta si la Virgen se durmió o murió.
    • Respondemos con una catequesis del Papa Juan Pablo II, donde nos enseña que la Virgen murió, tal como su Hijo, pero que fue inmediatamente llevada en cuerpo y alma al cielo.

 

EL ROSARIO

En la antigüedad, los romanos y los griegos solían coronar con rosas a las estatuas que representaban a sus dioses como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. La palabra “rosario” significa "corona de rosas".

Siguiendo esta tradición, las mujeres cristianas que eran llevadas al martirio por los romanos, marchaban por el Coliseo vestidas con sus ropas más vistosas y con sus cabezas adornadas de coronas de rosas, como símbolo de alegría y de la entrega de sus corazones al ir al encuentro de Dios. Por la noche, los cristianos recogían sus coronas y por cada rosa, recitaban una oración o un salmo por el eterno descanso del alma de las mártires.

La Iglesia recomendó rezar el rosario, el cual consistía en recitar los 150 salmos de David, pues era considerada una oración sumamente agradable a Dios y fuente de innumerables gracias para aquellos que la rezaran. Sin embargo, esta recomendación sólo la seguían las personas cultas y letradas, pero no la mayoría de los cristianos. Por esto, la Iglesia sugirió que aquellos que no supieran leer, suplantaran los 150 salmos por 150 Avemarías, divididas en quince decenas. A este “rosario corto” se le llamó “el salterio de la Virgen”.

A finales del siglo XII, Santo Domingo de Guzmán sufría al ver que la gravedad de los pecados de la gente estaba impidiendo la conversión de los albigenses y decidió ir al bosque a rezar. Estuvo en oración tres días y tres noches haciendo penitencia y flagelándose hasta perder el sentido. En este momento, se le apareció la Virgen con tres ángeles y le dijo que la mejor arma para convertir a las almas duras no era la flagelación, sino el rezo de su salterio.

Santo Domingo se dirigió en ese mismo momento a la catedral de Toulouse, sonaron las campanas y la gente se reunió para escucharlo. Cuando iba a empezar a hablar, se soltó una tormenta con rayos y viento muy fuerte que hizo que la gente se asustara. Todos los presentes pudieron ver que la imagen de la Virgen que estaba en la catedral, alzaba tres veces los brazos hacia el Cielo. Santo Domingo empezó a rezar el salterio de la Virgen y la tormenta se terminó.

En otra ocasión, Santo Domingo tenía que dar un sermón en la Iglesia de Notre Dame en París con motivo de la fiesta de San Juan y, antes de hacerlo, rezó el Rosario. La Virgen se le apareció y le dijo que su sermón estaba bien, pero que mejor lo cambiara y le entregó un libro con imágenes, en el cual le explicaba lo mucho que gustaba a Dios el rosario de Avemarías porque le recordaba ciento cincuenta veces el momento en que la humanidad, representada por María, había aceptado a su Hijo como Salvador.

Santo Domingo cambió su homilía y habló de la devoción del Rosario y la gente comenzó a rezarlo con devoción, a vivir cristianamente y a dejar atrás sus malos hábitos. Santo Domingo murió en 1221, después de una vida en la que se dedicó a predicar y hacer popular la devoción del Rosario entre las gentes de todas las clases sociales para el sufragio de las almas del Purgatorio, para el triunfo sobre el mal y prosperidad de la Santa Madre de la Iglesia.

El rezo del Rosario mantuvo su fervor por cien años después de la muerte de Santo Domingo y empezó a ser olvidado.

En 1349, hubo en Europa una terrible epidemia de peste a la que se le llamó “la muerte negra” en la que murieron muchísimas personas.

Fue entonces cuando el fraile Alan de la Roche, superior de los dominicos en la misma provincia de Francia donde había comenzado la devoción al Rosario, tuvo una aparición, en la cual Jesús, la Virgen y Santo Domingo le pidieron que reviviera la antigua costumbre del rezo del Santo Rosario. El Padre Alan comenzó esta labor de propagación junto con todos los frailes dominicos en 1460. Ellos le dieron la forma que tiene actualmente, con la aprobación eclesiástica. A partir de entonces, esta devoción se extendió en toda la Iglesia.

¿Cuándo se instituyó formalmente esta fiesta?
El 7 de octubre de 1571 se llevó a cabo la batalla naval de Lepanto, en la cual los cristianos vencieron a los turcos. Los cristianos sabían que si perdían esta batalla, su religión podía peligrar y por esta razón confiaron en la ayuda de Dios a través de la intercesión de la Santísima Virgen. El Papa San Pío V pidió a los cristianos rezar el rosario por la flota. En Roma estaba el Papa despachando asuntos cuando de repente se levantó y anunció que la flota cristiana había sido victoriosa. Ordena el toque de campanas y una procesión. Días más tarde llegaron los mensajeros con la noticia oficial del triunfo cristiano. Posteriormente, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias el 7 de octubre.

Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre de la fiesta por el de Nuestra Señora del Rosario y determinó que se celebrase el primer domingo de Octubre (día en que se había ganado la batalla). Actualmente se celebra la fiesta del Rosario el 7 de Octubre y algunos dominicos siguen celebrándola el primer domingo del mes.

La fuerza del Rosario
A lo largo de la historia, se ha visto como el rezo del Santo Rosario pone al demonio fuera de la ruta del hombre y de la Iglesia. Llena de bendiciones a quienes lo rezan con devoción. Nuestra Madre del Cielo ha seguido promoviéndolo, principalmente en sus apariciones a los pastorcillos de Fátima.

El Rosario es una verdadera fuente de gracias. María es medianera de las gracias de Dios. Dios ha querido que muchas gracias nos lleguen por su conducto, ya que fue por ella que nos llegó la salvación.

Todo cristiano puede rezar el Rosario. Es una oración muy completa, ya que requiere del empleo simultáneo de tres potencias de la persona: física, vocal y espiritual. Las cuentas favorecen la concentración de la mente.


Las Letanías
El Rosario no es una oración litúrgica, sino ejercicio piadoso. Las Letanías forman una parte oficial de la liturgia en cuanto que las invocaciones reciben permiso de la Santa Sede. Se cree que su origen fue, probablemente, antes del siglo XII.

La forma actual en la que las rezamos se adoptó en el santuario mariano de Loreto, en Italia y se llama Letanía lauretana. En 1587, el Papa Sixto V la aprobó para que la rezaran todos los cristianos. Todos los cristianos hemos recurrido a la Virgen en momentos de alegría llamándola “Causa de nuestra alegría”, en momentos de dolor diciéndole “Consoladora de los afligidos”, etc.
 
Podemos rezar las Letanías con devoción, con amor filial, con gozo de tener una Madre con tantos títulos y perfecciones, recibidos de Dios por su Maternidad divina y por su absoluta fidelidad. Al rezarlas, tendremos la dicha de alabar a María, de invocar su protección y de ser ayudados siempre ya que la Virgen no nos deja desamparados.

Cómo rezar el Rosario.
Como se trata de una oración, lo primero que hay que hacer es saludar persignarnos y ponernos en presencia de Dios y de la Santísima Virgen.

Luego, se enuncian los misterios del día que se van a rezar y comenzamos a meditar en el primero de estos cinco misterios. Durante la oración de cada misterio, trataremos de acompañar a Jesús y a María en aquellos momentos importantes de sus vidas. Aprovechamos de pedirles ayuda para imitar las virtudes y cualidades que ellos tuvieron en esos momentos. Al meditarlos frecuentemente, estas guías pasan a formar parte de nuestra conciencia, de nuestra vida. Podemos ofrecer cada misterio del rosario por una intención en particular y se puede leer una parte del Evangelio que nos hable acerca del misterio que estamos rezando.

Cada misterio consta de un Padrenuestro seguido de diez Avemarías y un Gloria. Usamos nuestro rosario pasando una cuenta en cada Avemaría. Así seguimos hasta terminar con los cinco misterios.

Al terminar de rezar los cinco misterios, se reza la Salve y se termina con las Letanías.

 

 El papa Juan Pablo II sigue profundizando, ahora en la línea de la configuración con Cristo, a la que deberíamos llevarnos todo estudio de teología. En el N° 15, agrega:

“La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5) ...  A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto». ...

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). ... Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.21 Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo». De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo! 

Tratando de comentar  las palabras del Papa, podemos decir que es muy típico que en una familia, las hijas tengan el mismo tipo de voz que la mamá, y los hijos del papá. Ocurre con los que viven juntos y hasta con las generaciones, que hablan con un mismo lenguaje, típico de esa época.

El amor es profundamente unitario. Dios nos ama y se ha unido a nosotros al punto de asumir nuestra naturaleza humana, al enviar a su Hijo Jesús, que nace de María Santísima.

Pero Dios quiere que nosotros le amemos también, seamos como Él, en el rostro de Cristo. La teología no es un estudio “objetivo” de Dios. Tiene la rigurosidad de una ciencia de estudio, pero se debe estudiar “de rodillas”, para conocer a nuestro Redentor y configurarnos con Él. De allí que María Santísima se transforma en un gran ejemplo de esta realidad y una gran educadora también.

 

HAGAMOS LA ORACION FINAL DE NUESTRO PROGRAMA:

Unidos espiritualmente en el Oratorio, con mis hermanos, quiero decirte Madre, Patrona y Reina mía, que yo confío en Ti; confío de todo corazón que Tú me ayudarás a salir adelante, desde mi Oratorio. Te entrego mi alma, mi vida y mi cuerpo; yo paso a ser cosa y posesión tuya; soy tu operario, por medio de quien Tú puedes transoperar en el mundo y en la Iglesia. Por eso mis ojos son tuyos, mis labios, mis manos son tuyas;  mi inteligencia, mi voluntad y mi corazón; toda mi vida es tu propiedad.  Guárdame y defiéndeme del peligro y de la masa.  Madre mía, úneme a Jesús, que es el único Salvador, ya que sin El nada podemos hacer para alcanzar nuestra meta. Ayúdame, junto a mis hermanos, a cumplir lo que Dios quiere. Amén.