Gobierno Universitario

 

 

 

Queridos hermanos:
Cuando llegué al Oratorio, siendo un joven adolescente,  al poco tiempo, celebramos tres años de vida de nuestro Oratorio. Este año celebramos ya cuarenta años. Toda una vida al lado de nuestra Madre.
¿Qué más que agradecer tan grande don, que la Madre del Pueblo ha querido quedarse en su Oratorio?
Esta celebración nos invita a caminar, a realizar una peregrinación, tal como el pueblo de Israel tuvo que caminar 40 años por el desierto.  Allí, en medio de una gran purificación, pudo tener la esperanza de la “Tierra prometida”.
Justamente en este tiempo en que la Iglesia habla de una “Purificación”, hemos tenido el regalo de poder remodelar nuestro Oratorio central, que necesitaba de varios arreglos que ahora se están realizando.
De allí surgió en nuestro Padre fundador  el deseo de que esta remodelación material sea el signo de una remodelación mucho más importante, la de nuestro interior.
La Semana Santa nos ha llenado del inmenso amor de Dios, para poder llegar a decir con san Pablo: “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Para eso hay que remodelar muchas cosas en nuestro interior.
La 12° Piedra Fundacional nos invita a vivir la alegría de Cristo Resucitado buscando tener “los mismos sentimientos de Cristo”, a saber, su amor hecho servicio, en una misión universal de salvar al ser humano de las tinieblas del pecado y conducirlo a claridad de la luz.
Lo que verdaderamente puede transformar el mundo es el amor.  Nuestra fe no es un conjunto de verdades que tenemos que creer. Es mucho más. Es creer que el amor es más fuerte que el odio y que puede verdaderamente conseguir la transformación de las personas, hasta lo más profundo de sí mismas, de tal manera que el “ya no vivo yo sino que es Cristo que vive en mí” pueda ser una  tremenda realidad.
Esa es la realidad que vivió el papa Juan Pablo II, que lo llevó  recorrer todo el mundo. El apóstol del “Totus Tuus” se confió en María, y se lanzó en la carrera misionera. Juan Pablo II Magno no se quedó en pequeñeces. Se atrevió. Educado en la dura escuela de la persecución, del sufrimiento, fue capaz de sacrificarse por la Iglesia, hasta el punto de arriesgar su vida sin temor.
Juan Pablo II, ruega por nosotros y danos el don de la santidad.

P. José Miguel Curutchet