Testimonio del P. José Miguel Curutchet G.

Desde el cielo una hermosa mañana...
Cuando hace varios años atrás, más o menos el 2000 pusimos el altar de la Virgen de Guadalupe en Maipú y empezamos a rezar para que el Oratorio pudiera llegar a las tierras de México, nunca pensé que sería yo mismo quién iría la primera vez.
¿Por qué tuvimos esa intuición de rezar por la Misión de México? Ni siquiera tengo clara conciencia del momento exacto en que lo hicimos. Hubo algunos indicios de que la Madre lo quería, pero ni siquiera hoy los recuerdo muy bien.
Hemos rezado esta Misión por muchos años. Por lo mismo, nos hemos alegrado de ver los primeros contactos directos del P. Raimundo con los jóvenes mexicanos y la venida de tres de ellos a misionar a Brasil. Allí se desarrolló la vocación de la Hna. María Elena Martínez.
Por razones muy especiales se me abrió la puerta para viajar el año 2006. Nunca me lo imaginé para este momento. Lo más interesante y emocionante para mí fue darme cuenta de que no viajaba solo, sino que me acompañaba el Oratorio encarnado en muchas personas que me decían que estaban rezando por este viaje, de todos lados. Varias personas me dijeron que habían hecho sacrificios por el éxito de esta primera experiencia en México.
De allí en adelante creció un fuego misionero que no se podría apagar. En febrero de 2008 viajamos un grupo compuesto por 9 personas. Un sacerdote, dos Hermanos, una Hermana Misionera, tres señoras y dos niñas.
Una experiencia inolvidable. La Madre guiaba nuestros pasos.
Lo más hermoso: rezar frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe. Fue como una “Luna de Miel”, para gozar de todo el amor que la Madre quería regalarme. Allí pudimos rezar largamente, por el mundo, nuestras familias, por todo el Oratorio, pero en muchas comunidades y personas concretas. Me recordó la oración que hicimos con el P. Martín en el Santuario de Luján en Argentina, el año 1986, donde prácticamente allí se forjó la Misión que tendríamos años más tarde en Córdoba. Sentí fuertemente que también de este Santuario saldría una corriente de gracia muy grande para el Oratorio.
Allí está nuestra Madre, en la única imagen que no ha sido pintada por mano humana. También está san Juan Diego, invitándonos a ser pequeñitos, para poder estar de verdad en los brazos de la Virgen, al igual que el Niño. Era imposible no sentir todo el mundo del Oratorio allí.
Lo demás fue como una continuación de lo que habíamos vivido en el Santuario.
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La Misión misma en la parroquia San Gerardo María de Mayela, Colonia Jalisco, fue intensa y llena de entusiasmo. Simplemente el pueblo mexicano se volcó al amor de la Madre del Pueblo, que ofrecía lo más propio del Oratorio: autoeducación.
Se formaron casi 20 grupos del Oratorio Mariano. Eso nos motivó a realizar el Primer Desafío. Fue un momento muy emocionante. La gente entendió que la Madre hay que defenderla, para que se quede siempre en su Oratorio.
Guadalajara es un viaje por las tierras de los mártires cristeros, donde sentimos la hospitalidad de los padres franciscanos, el amor de la Virgen de Zapopán, la visita al Cardenal Mons. Juan Sandoval y el contacto con el canal de televisión Mariavision, donde se interesaron por el Oratorio y por un trabajo de colaboración nuestra allá.
Ya son muchos los viajes que se han realizado a esas tierras de María:
- mayo de 2008, nuevamente el P. José Miguel Curutchet.
- junio de 2008: nuevamente el Hno. Luis Alvial (estuvo un mes)
- febrero de 2009, un nuevo grupo misionero, compuesto por 5 misioneros chilenos.
En este último viaje visitamos la ciudad de Monterrey. Hay esperanzas de volver a misionar allí.
También se prepara una misión desde la Colonia Jalisco a la parroquia de San José de palo verde.
Son noticias muy hermosas de una gracia que la Madre ha querido dar a su Oratorio.
México es un oasis de fe, de simpatía. Sin duda, el pulmón espiritual mariano mundial. Allí está la Virgen en el alma del pueblo, como me decía una obrero: “Padre, yo amo a la Virgen”. Lo decía con un amor tan convencido, tan filial, tan entusiasmado, tan tierno, que no quedaba ninguna duda de que era así. Eso lo podemos multiplicar por los millones de habitantes que tiene México.
México es una promesa porque compartimos algo muy simple en común: allá la Virgen vino a quedarse en su imagen de la Virgen de Guadalupe; en nosotros, la Madre ha querido quedarse en la imagen de la Madre del Pueblo. En ambos casos, para derramar sus gracias maternales en medio de su pueblo. Podemos cantar juntos el nuestros Himnos, del Santuario y del Oratorio: “Desde el cielo una hermosa mañana, la Guadalupana bajo el Tepeyac ....”, “Madre, quédate en nuestro Oratorio ...”
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